Hay días en que pasamos de la cama al escritorio y del escritorio a otra pantalla sin mirar el cielo. En esos momentos, una ventana con vista a un árbol, una planta que crece en la cocina o unos minutos en el patio pueden cambiar la manera en que habitamos el día. La biofilia ofrece un nombre para esa búsqueda de cercanía con lo vivo. También nos invita a preguntarnos cómo abrirle un espacio en casa, incluso cuando vivimos en un departamento pequeño.
¿Qué es la biofilia?
Biofilia significa, en términos generales, afinidad por la vida y los seres vivos. El biólogo Edward O. Wilson popularizó el concepto en su libro «Biophilia», publicado en 1984. Su propuesta sostiene que las personas tenemos una inclinación a interesarnos por otras formas de vida y por los procesos de la naturaleza [1]. Es una hipótesis sobre nuestra relación con el mundo vivo; no quiere decir que todas las personas disfruten las mismas plantas o que una maceta cure una enfermedad.
Llevada al hogar, la idea es sencilla: crear oportunidades para ver, cuidar y experimentar la naturaleza durante la rutina. Puede ser una planta junto a una ventana, luz natural donde desayunamos, hierbas en un balcón o una caminata habitual por un parque cercano. La conexión nace tanto de lo que encontramos dentro de casa como de la posibilidad de salir y observar nuestro entorno.
Por qué nos puede hacer bien
Los espacios verdes ofrecen oportunidades para relajarnos, caminar, convivir y alejarnos por un rato de algunas fuentes de ruido y calor. Una revisión de la Organización Mundial de la Salud describe estas rutas por las que los parques y otras áreas verdes urbanas pueden favorecer la salud física y mental [2]. Son efectos del entorno en conjunto: movimiento, compañía, sombra y descanso pueden intervenir al mismo tiempo.
En el interior del hogar, los resultados son prometedores, aunque menos concluyentes. Una revisión de seis estudios observacionales encontró asociaciones entre tener plantas de interior y reportar menos estrés o emociones negativas; los autores también advirtieron que la evidencia era escasa y que varios estudios se hicieron durante la pandemia [3]. Por su parte, un experimento con 60 estudiantes observó una pequeña mejoría emocional tras descansar junto a plantas, pero no encontró una mejora significativa en la recuperación de la memoria de trabajo [4]. Por eso es razonable hablar de un posible apoyo al bienestar, sin prometer cambios iguales para todos.
Otro beneficio posible es el que surge de la actividad de cuidar. Revisar si la tierra necesita agua, limpiar una hoja o notar un brote nuevo ofrece un momento concreto de atención. Para algunas personas puede ser una pausa agradable entre tareas; para otras, cuidar una planta será una obligación más. La experiencia depende del tiempo, el espacio y la relación personal que cada quien tenga con la jardinería. Empezar con poco ayuda a descubrir qué se disfruta de verdad.
Los paseos complementan lo que ocurre en casa. En un estudio con adultos en Inglaterra, pasar al menos 120 minutos por semana en entornos naturales se asoció con mejores reportes de salud y bienestar que no pasar tiempo en ellos [5]. El estudio muestra una asociación, no demuestra que esa cantidad produzca el mismo resultado en cada persona ni establece una dosis obligatoria. Puede servir como inspiración para reservar momentos al aire libre, de acuerdo con nuestras posibilidades.
Hay además un beneficio cotidiano que no necesita una cifra: una casa con elementos naturales puede sentirse más propia. Elegir una planta que nos gusta, compartir esquejes con alguien o cocinar con una hierba que cultivamos añade historias a un espacio. Ese valor afectivo es personal; vale tanto en una vivienda amplia como en una repisa pequeña.
Cómo llevar la biofilia a la práctica
Empieza por observar tu casa antes de comprar algo. ¿En qué momento entra luz natural? ¿Desde qué lugar puedes ver el cielo o un árbol? ¿Dónde te detienes unos minutos al día? Elige un punto que ya forme parte de tu rutina: cerca de la mesa, junto al lugar donde lees o en la entrada. Es más fácil disfrutar y cuidar una planta si la ves con frecuencia.
Si quieres empezar con una maceta, elige la especie según la luz disponible, el clima del sitio y el tiempo que puedes dedicarle. Pregunta por su nombre científico y sus necesidades concretas. Usa un recipiente con drenaje y revisa la humedad del sustrato antes de regar: meter un dedo en la capa superficial suele dar una pista más útil que seguir un calendario rígido. Retira el agua acumulada en el plato y observa si las hojas cambian. Las recomendaciones de extensión hortícola insisten en ajustar luz y riego a la respuesta de cada planta [6].
Una forma accesible de comenzar es cultivar algo que tenga un lugar en tu vida diaria. Una hierba culinaria puede acercar el cuidado al momento de cocinar, siempre que reciba la luz adecuada. Si el espacio alcanza, una jardinera en balcón permite observar el crecimiento a lo largo de las semanas. Si tienes poca luz, busca una especie apropiada para esa condición en vez de poner una planta de sol en un rincón oscuro. También puedes recurrir a flores de temporada, semillas para germinar o una vista despejada hacia el exterior.
Si convives con perros o gatos, consulta la toxicidad de cada especie antes de incorporarla. El pothos o potus (Epipremnum aureum), por ejemplo, es tóxico para ambos; la cinta o mala madre (Chlorophytum comosum) figura como no tóxica en la base de la ASPCA [7]. Aun con especies no tóxicas, conviene evitar que los animales mordisqueen las plantas y colocarlas de forma segura.
El contacto con la naturaleza también cabe en hábitos sin macetas. Desayuna unos minutos junto a una ventana abierta cuando el clima y la calidad del aire lo permitan. Haz una pausa para mirar las formas de las nubes o escuchar las aves. Camina por una calle arbolada cuando sea posible, visita un parque el fin de semana o comparte con alguien el cuidado de un pequeño huerto. Si no tienes jardín, puedes adoptar la costumbre de observar las plantas del trayecto que recorres cada día.
Prueba una rutina de dos semanas. Durante los primeros días, identifica un lugar de tu casa que quieras disfrutar más y dedica unos minutos a observar la luz que recibe. Después, elige una acción sencilla: atender una planta, salir a caminar o sentarte junto a una ventana. Anota qué actividad te resultó agradable y cuál fue difícil de sostener. Ajusta la rutina con esa información. El objetivo es que la experiencia encaje en tu vida, no llenar cada habitación de objetos verdes.
Conviene dejar fuera una promesa frecuente: unas cuantas plantas no «purifican» por sí solas el aire de una vivienda. La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos señala que no hay evidencia de que una cantidad razonable de plantas retire cantidades significativas de contaminantes en casas y oficinas [8]. Para cuidar el aire interior, atiende las fuentes de contaminación y ventila de forma apropiada a las condiciones exteriores. Las plantas pueden tener otros valores sin cargarles una función que no han demostrado cumplir a escala doméstica.
Una mirada profunda a la biofilia
La biofilia también permite pensar cómo nos relacionamos con aquello que vive a nuestro alrededor. Desde la propuesta de Wilson, nuestra afinidad por otras formas de vida puede alimentar una ética de cuidado [1]. En casa, esa idea toma una forma humilde: aprender qué necesita una planta, aceptar sus ritmos y reconocer que no todo responde a los nuestros. No hace falta idealizar la naturaleza para sentir curiosidad y responsabilidad por ella.
En psicología ambiental, la teoría de la restauración de la atención, asociada con Stephen Kaplan, plantea que ciertos entornos naturales pueden ofrecer un descanso de la concentración exigente que usamos para trabajar o estudiar [9]. Mirar hojas moviéndose con el viento puede captar nuestra atención de un modo distinto al de resolver una tarea. Es una explicación posible de por qué algunas personas sienten alivio en un parque o junto a una ventana verde; la teoría no garantiza que cualquier planta mejore la concentración.
Podemos llevar esa reflexión a una pregunta personal: ¿qué lugar ocupa lo vivo en mis días? Para alguien será sembrar y cosechar; para otra persona, caminar y reconocer los árboles de su colonia. La biofilia no exige una estética particular ni una colección de plantas. Invita a cultivar una relación atenta con el entorno, hecha de encuentros repetidos y posibles para cada hogar.
Empezar puede ser tan simple como cuidar bien una maceta o elegir un recorrido con sombra. Con el tiempo, esos gestos nos ayudan a conocer mejor el lugar donde vivimos y a reservar un momento para observarlo. Ese es un buen punto de partida para acercar la naturaleza a la vida diaria.
Fuentes consultadas
Wilson, E. O. Biophilia (1984), Harvard University Press. JSTOR.
Organización Mundial de la Salud, Oficina Regional para Europa. Urban green spaces and health (2016). OMS.
Zhao, T. y colaboradores. When green enters a room: A scoping review of epidemiological studies on indoor plants and mental health (2023). PubMed.
Archary, P. y Thatcher, A. Affective and cognitive restoration: comparing the restorative role of indoor plants and guided meditation (2022). PubMed.
White, M. P. y colaboradores. Spending at least 120 minutes a week in nature is associated with good health and wellbeing (2019). Scientific Reports.
University of Minnesota Extension. Spring into houseplant care (2026). Extensión de la Universidad de Minnesota.
ASPCA. Fichas de plantas tóxicas y no tóxicas para perros y gatos. Potus; Cinta.
Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos. The Inside Story: A Guide to Indoor Air Quality. EPA.
Kaplan, S. The restorative benefits of nature: Toward an integrative framework (1995). DOI.